Todo empezó un par de días antes de marcharnos: “Eh chicos, nos vamos este puente a Bucarest?” (realmente comenzó una semana antes con un “eh chicos, nos vamos este puente a Budapest?” pero eso es otro tema y no quiero ahondar más en la herida ;) (en Alemania había puente, sí). Y después de alguna duda, más relacionada con el tema curro que con las ganas, acepté, y el Martes 20, a eso de las 10:30 de la mañana, nos encontramos Cris, Javinho, María, Bea, Álvaro y yo con unos billetes de avión para Bucarest con fecha de ida para el día siguiente y vuelta para el 25. Al menos, pudimos irnos con las primeras tres noches de alojamiento cubiertas. Para la cuarta ya se vería…
Y a Bucarest que llegamos la noche del Miércoles 21. Pequeño timo por novatos en el autobús y al centro. Después, directamente al “night club”… digo, al hostal (es lo que tiene que la primera planta fuera* el Heaven Night Club y la segunda nuestro hostal). Primera noche de vueltecillas buscando algo de comer y tomando una cervezuela viendo el final de la final (Manchester-Chelsea).
Al día siguiente, un gran pateo por la ciudad. Bucarest es una ciudad bastante curiosa y con contrastes: edificios imponentes e inmaculados (parte más rica o edificios relacionados con la banca y el gobierno y los museos), otros digamos menos cuidados o que directamente se caían a pedazos (parte del centro antiguo), pequeñas y sorprendentes iglesias ortodoxas, el Parlamento (segundo edificio más grande del mundo por detrás de El Pentágono), grandes bulevares inspirados en los Campos Elíseos parisinos (pero también más largos y anchos)…estaría Ciaucescu acomplejado de algún modo? Por la noche cena de comida típica local (se atreverá María con un postre a base de papanasii en Stuttgart?) y fiestecilla en garitos aconsejados por las muchachas del hostal.
Viernes por la mañana, corriendo hacia y por la estación de trenes para coger el nuestro a Sinaia, nuestra siguiente etapa del viaje. Comprobamos cuál es el tipo de trabajo que dan a la gente más borde y rancia de Rumanía: el de vendedor/a de billetes. Un gustazo tratar con personas tan colaboradoras y amigables con el extranjero (“no speak!”). Al final, gracias a una chica que encontramos en una cola y que hablaba castellano (gracias!!), pudimos conseguir los billetes para el tren que partía en cinco minutos. El único problema, que, habiéndolos comprado tan tarde, no quedaban sitios, así que dos horillas de viaje de pie al lado de los baños del tren (ummm). A pesar de todo, el viaje resultó curioso, ya que pudimos observar de cerca las costumbres locales con respecto a los trenes: que estamos cerca de la estación (el tren sigue en movimiento), la gente va abriendo las puertas (totalmente manuales, por supuesto) para, una vez parado, bajar definitivamente del tren o simplemente echarse un piti; que el tren empieza a moverse, dos opciones, o ya entonces se van terminado el cigarro y subiendo de nuevo al tren, o se suben a las escalerillas y se lo van fumando hasta terminarlo, momento en el cuál ya cierran la puerta. Todo con la calma, que total, vamos a nosécuantosperobastantes kilómetros por hora :).
Llegada a Sinaia, dejamos el equipaje en la estación (“Señora de la ventanilla, nos puede cuidar las maletas?” “Sí, por supuesto. Son… umm, eeeh, por ejemplo, 2,5 lei”) y paseito hasta el Castillo de Peleş bajo la lluvia. Un castillo muy bonito, “una pequeña perla de la que, a pesar de tener un interior muy sobrecargado (barroco al poder), no te cansas nunca”, citando el comentario de nuestro guía improvisado: un hombre de origen…brasileño? argentino? otro? y que hablaba en... castellano? portugués? una mezcla? que era guía de un grupo de brasileños y que, muy amablemente, al oírnos hablar castellano, nos invitó a acoplarnos con ellos durante la visita al castillo (gracias!!).
Después de comer, recogida de las maletas y tren a Braşov, ya en Transilvania, esta vez con asiento y todo, un lujazo. Después de salir de una de las estaciones con mayor porcentaje de carteristas y quitabolsos por metro cuadrado que hayamos visto, bus al hostal. “Pues no me ha llegado vuestra reserva, la habéis hecho por hostelsclub?” “Sip.” “Es que esa página no funciona bien, no me manda las reservas que se van haciendo. Os puedo dar camas en una habitación de nueva construcción con (mucha) más gente.” “Pos fale.” Transcripción (aproximada :) de nuestra conversación con la persona más loca e inquieta de Rumanía, y a su misma vez, dueña del hostal “Rolling Stone” de Braşov. Es de esas personas con labia que te puede vender cuatro pesetas a duro. Lo de la habitación ya los sospechábamos así que, por supuesto, ningún problema. También le contratamos el viaje al Castillo de Bran (el de Drácula) porque, aunque no era del todo barato, era con mucha diferencia lo más cómodo y lo que más nos convenía para llega allí, y la vuelta a Bucarest. Esa tarde-noche, paseo por la ciudad, cenita en el centro (también comida del lugar) y cervezuelas en un club de jazz.

A la mañana siguiente (ya el Sábado), café de esos que recuerdas por mucho tiempo, y tu estómago también, y en furgonetas al castillo. A mi personalmente no me desagradó, pero a los que fueron con la idea de ver algo parecido a lo de las pelis o con alguna referencia al personaje de Bram Stoker, solo lo encontraron en los souvenirs, porque en lo que es el castillo en sí, ni remotamente. Se cree que la figura de El Conde Drácula pudo crearla el tío Bram a partir del príncipe local Vlad Tepes el Empalador, que gobernó hacia el 1450, a quien parece ser que le gustaba más la sangre que a un tonto un lápiz (pero no para beberla!). Se ve que fue una especie de héroe local porque daba pa´l pelo a los otomanos. Y casi mejor agradarle, porque el tío era muy suyo para sus cosas: que no me gustan los gitanos, pues les invito a una supercomilona y a la mitad me voy y hago que le prendan fuego al lugar, que no me gustan los mendigos y pequeños delincuentes, pues les invito a una supercomilona y a la mitad hago que le prendan fuego al lugar, que no me gustan los nobles rivales, pues… los empalo. Todo un visionario.
Después, mediodía y tarde, pateo por lo que nos quedaba de Braşov, incluyendo un museo en lo que fue la primera escuela de la ciudad, con su guía, que sabía tropecientos idiomas, excepto castellano e inglés. Fue curioso cuando nos preguntó en qué idioma de los que hablaba podíamos comunicarnos y le dijimos que en alemán, no se lo esperaba para nada. Y, más tarde, de vuelta al hostal para prepararnos para el viaje a Bucarest. Cuando… sorpresa!, que el tío que nos iba a llevar dice que no, que no se mete por el centro de Bucarest porque hay mucha policía y a la furgoneta le faltaban permisos. Jarl! “Y ahora que hacemos?” Fácil, nos devuelven el dinero (de hecho nos dieron más de lo que habíamos pagado por el viaje :) y a la estación de trenes a pillar un minibus que nos llevara a Bucarest. Viaje de la muerte (íbamos sentados, pero ahí no había quien echara ni una cabezadita) y llegada a la capital. “Vale, y ahora, cómo vamos al hostal que nos reservaron desde el primer hostal y confirmaron desde el segundo?” (gracias!!). Después de evitar a algún que otro taxista timador y con la ayuda de otra chica que se portó genial (gracias!!) pudimos llegar por fin, a las tantas, al lugar. Pero, vaya, no se acordaban de nosotros, así que a esperar hasta que nos prepararan la habitación. Después de, con algo de suerte, cenar algo por ahí, distintos niveles de fiestuqui (yo cero, que estaba que ni me tenía en pie, Cris y Bea medio, que se quedaron un rato, y Javi, Álvaro y María por las nubes, hasta las ocho de la mañana danzando por ahí).
Domingo y último día: paseo por los parques y lagos al norte de la ciudad, hasta arriba de gente y con su grupillo de música folclórica y todo, y no me extraña, con el pedazo de día que nos hizo. Bueno, de hecho, de todos los días que, según la predicción, iba a llover, solo lo hizo uno y durante un rato. También descubrimos el metro, de lo mejorcito del lugar en cuanto a transportes se refiere. Y de nuevo a recoger los bártulos al hostal y al aeropuerto, de vuelta a Stuttgart.






En resumen, gente de todas las formas, colores y maneras, muchos de ellos hablan inglés y/o castellano, y un país, que, a pesar de que nos es el más bonito del mundo, tiene cosillas muy interesantes y curiosas, y si, además, tenéis “espíritu aventurero” más recomendable aún. Nosotros nos lo pasamos muy bien.
*conjugación verbal patrocinada por Javinho











































5 comentarios:
Cuántas cosas en tan pocos días! Sólo os faltó hacer la ruta de los hospitales de Lazarescu y ver la cantante calva, jeje.
Espero que hayáis vuelto hablando rumano y sepáis todos los trucos para que no os vuelvan a engañar :P
Un saludo! :)
Hola Daniel,
la verdad es que esas cosillas que en el momento nos parecían un pequeño mundo luego son las que se recuerdan con más cariño, ya que son las que hacen especiales los viajes.
En cuanto al rumano, el "hola" (salut!), "adios" (pa!) y el "gracias" (multumesc) lo teníamos (casi) totalmente controlados. La próxima vez no nos hacen más líos.
Saludetes,
Ces
Muy buena crónica Cesar, si señor! Con unas fotitos ganará un montón!!! Ha sido un viaje cuanto menos curioso, lleno de contrastes.
Los rumanos ya no nos timan, si hasta les timamos nosotros a ellos!!!! jeje. Fuimos más rumanos que los rumanos ;)
Bueno, chicos, pues que cuando querais repetimos!!!!!!! (Budapest?)
Besitos
Joder como os lo montais!! Y yo aquí como un imbécil en el curro, aburrido como una ostra, sin saber aún cuando me voy a poder coger las vacaciones... estoy envidioso si jejejeje.
A ver si poneis fotillos y los que no sabemos como es aquello podemos conocer un poquillo. Porque yo de Rumanía sólo conozco a los que limpian los parabrisas aquí en Madrid y al gran Gica Hagi claro esta jeje.
Saludos para todos y me alegro que os lo monteis tan bien.
vamos ya! Unos foticos muy cucas, si señor. Me hubiera gustado ir aunque estaba en otros asuntos yo... Para cuando otro país de Europa del este?
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